miércoles, 18 de mayo de 2011

El caótico postre inglés de Jennifer Aniston


"La ratonera" no atrapa en el Principal

Una sucesión de capas de lenguas de gato, nata montada, mermelada de fresa, rodajas de plátano y… ¡carne de ternera salteada con guisantes! La buena de Rachel Green, personaje interpretado por Jennifer Aniston, mezcla accidentalmente dos recetas de un libro de cocina inglesa en un episodio de la serie que la consagró: Friends. Esa que casi no han repuesto nunca en las parrillas españolas.

El caso es que, a golpe de vista, el trifle de Rachel despertaría el apetito de cualquier comensal por poco “laminero” que este sea. También se añade el componente de lo exótico, pues en los tiempos que corren, hay una gran mayoría a la que le atrae la idea de probar cosas de fuera. Más, si vienen con la etiqueta “típico de allí”. ¡Pero cuidado! Si apuestas por un plato como este en tu menú tienes que asumir que la gente, apoquine de por medio, esperará que sea tan bueno como el original.

Partiendo de este axioma, la idea de Víctor Conde (La vuelta al mundo de Willy Fog, Olvida los tambores) de montar en España una obra casi sexagenaria, icono teatral londinense, puede calificarse a priori de ambiciosa. Una casa de huéspedes, ocho personas atrapadas en su interior y un asesino suelto. “La Ratonera” fue escrita por la popularmente denominada “maestra del suspense” Agatha Christie en 1952. Estrenada ese mismo año, aún permanece en la cartelera de la ciudad del Támesis ostentando el record de funciones ininterrumpidas. Por algo será…

Con estas atractivas credenciales “La Ratonera” llegaba al Teatro Principal de Zaragoza, donde fue representada del 13 al 15 de mayo, como parte de su gira nacional. ¡Y claro! La gente respondió al sonido de las campanillas. Amantes y primerizos, como quedó reflejado en un par de interrupciones en forma de melodías telefónicas o molestos e indiscretos cuchicheos fuera de tono y lugar. Aparentemente lleno, alguno podía encontrar respaldos rojos en el cuarto piso si rebuscaba. Lo caro, en cambio, se quedó sin papel.

Y en estas que se alzó el telón. Impactante la imagen del elenco distribuido por el escenario en pose fantasmagórica mientras la voz de una niña canta la “burtoniana” traducción de la canción de cuna “Los tres ratones ciegos”. Ni diez segundos y el cosquilleo ya subía y bajaba por la espina dorsal de los espectadores. Y luego… ¡luego la nada! Un desfile de introducción de personaje tras personaje que parecía no tener fin. No era cuestión de falta de ritmo, más bien de la escasa fe en los diálogos y en la propia credibilidad de la atmósfera dibujada.

La representación está ambientada en el Londres de los años 50. Para bien o para mal, la realidad es que uno imaginaba encontrar sombreros de copa, vasos de whiskey añejo, elegancia en la gestualidad y una buena dosis de sofisticada ironía inglesa. A juzgar por el libreto, parece ser que esa era igualmente la intención del director. Y ese es un contexto en el que varios de los intérpretes no parecen funcionar correctamente. Especialmente Flavia Scarpa (N-World, El método Co-Ho) y Guillermo Barrientos (SMS, El castigo). El público se quedó con la sensación de que faltó química entre la pareja, encorsetada en el texto, sobreactuada e incapaz de transmitir cualquier sentimiento. Especialmente en una de las escenas presuntamente más redondas y emotivas de la obra. Mecánicos.

Entre dos aguas discurre el trabajo de Paco Churruca (La isla del tesoro, El lazarillo de Tormes) como el excéntrico señor Paravicini. Brillante por momentos, demasiado histriónico en ocasiones, consiguió arrancar las sonrisas, sin amenaza de carcajadas, del respetable. Aunque de nuevo falló el envoltorio de su alrededor. Pinceladas que muchas veces caían al vacío ante la impavidez y artificialidad predominante de sus compañeros.

Por otro lado, en lo positivo hay que rescatar la actuación de Manuel Baqueiro (No bebas el agua, 20 años no es nada). Ante todo natural, “su” sargento de policía combinó la elocuencia del Dr.Watson con elementos surrealistas más propios del inspector Clouseau. Muy fresco, lleva el peso de la obra con soltura. Por eso es una lástima que falle en el remate final (¿otra vez culpa del entorno?). A modo de curiosidad, muy llamativo los incomprensibles instantes de desconcierto general en su aparición: “¡Anda! Marcelino, el de Manolita…”

Con las luces encendidas vino el momento de digerir la pieza. Ingredientes había para sazonar. El problema fue la combinación y cantidades que dieron un gusto algo soso y muy alejado al sabor que presumiblemente buscaba el cocinero.

Como le pasó a la esforzada Rachel, el manjar que nos llevamos a la boca dividió la sala en dos. Los gourmets fruncían el ceño como si revisaran la cuenta de la comanda. Más contentos salían los de estómago agradecido. Ya lo dice el tragaldabas de Joey Tribbiani tras probar el trifle: “¿Cómo no va a gustarme? La nata me gusta, la mermelada me gusta… ¡la carne me encanta!”.



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1 comentario:

Ana dijo...

Estoy de acuerdo contigo en todo, Carlos. Yo no lo habría sabido explicar mejor.

En mi opinión: Una decepción de obra, debido principalmente a la aparición de unos personajes forzados a la vez que insulsos.

Por cierto, la explicación de Flavia Scarpa sobre la trama de la obra, a quién va dirigida?? a un niño de tres años?? porfavorrrrrrrr

Una pena no haber visto la obra original en Londres, seguro que mi impresión hubiera sido diferente.